martes, 20 de mayo de 2008

Ítaca

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias a aprender,
a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

Kavafis
 

* Pintura de Caspar David Friedrich, "Viajero frente al mar de niebla"

viernes, 16 de mayo de 2008

Muchas veces pensé...

...que la paz había llegado
cuando la paz estaba muy lejos
así como los náufragos creen
que ven la tierra en el centro del mar

y luchan más débilmente
sólo para probar
tan deshauciadamente
-como yo-
cuántas ficticias costas
antes del puerto hay

Emily Dickinson

Versión de Silvina Ocampo

miércoles, 14 de mayo de 2008

Cordero de Dios, de Lucía Cedrón

Cordero de Dios se estrenó hace una semana en Buenos Aires. El trabajo de Lucía Cedrón fue unánimemente elogiado por los medios masivos, mientras que algunas voces de la crítica especializada cuestionaron su estética “televisiva”, su vocación “conciliadora” y el dudoso paralelismo que traza entre la violencia de la dictadura y la inseguridad imperante en los primeros años del 2000. Por mi parte, debo decir que vi esta película hace ya más de dos meses en una función para la prensa, y en mi recuerdo compiten sensaciones contradictorias.

En general evito escribir en primera persona, pero no puedo hacerlo ante Cordero de Dios. Porque salí angustiada de la proyección. Quedé maltrecha. Porque todavía me pregunto cómo es posible cargar con la complejidad de nuestra historia. Cómo hacemos para soportar esta pesadísima mochila. Tan oscura, tan enmarañada, tan esquiva. Y entonces creo que no… que efectivamente no podemos. Es por eso que estamos tan perdidos, con la impresión naturalizada y tristemente asumida de que no vamos hacia ningún lado.

En su primera parte, la película resulta demasiado seca. Teresa (Mercedes Morán) llega desde Francia a Buenos Aires porque su padre, Arturo (Jorge Marrale), fue secuestrado. Estamos en 2002. Guillermina (Leonora Balcarce), hija de Teresa, es quien recibe las instrucciones para concretar la liberación. El clima es extraño: los personajes no parecen estar conmovidos por la situación, por lo que se intuye que la víctima no despierta la suficiente compasión. Paulatinamente, a través de flash-backs, el relato incorpora retazos del pasado que permiten ampliar el cuadro de relaciones afectivas: sabemos entonces que, durante los años ‘70, la joven Teresa (ahora en la piel de Malena Solda) fue militante revolucionaria, al igual que su marido, Paco (Juan Minujín). Paco, el padre de Guillermina, fue asesinado.

En una primera instancia, resulta muy difícil traspasar la pared interpretativa: cuesta llegar a la médula de los personajes porque se nota que Balcarce nunca encuentra el tono adecuado para su papel, mientras que Morán subraya exageradamente su talante de mujer de carácter intransigente. Es la Mercedes Morán que ya vimos muchas veces en televisión. Tampoco ayuda un guión en donde la discusión ideológica se percibe, en general, más escrita que sinceramente sentida.


Y sin embargo, a pesar de todos estos obstáculos, en algún momento Cordero de Dios cobra vigor y suspenso: desde lo narrativo, la técnica de Cedrón es impecable. De a poco, el film va iluminando el doloroso secreto que agobia a la familia. El pasado -el de la ficción, el del país- hace fuerza para apropiarse del relato. El pasado empuja con ahínco y desbarata esas creencias que para uno lucen tan prístinas; y lo que queda en la memoria, lo que retumba con amargura en los oídos, hasta hoy, es el plano silencioso de Jorge Marrale llorando desconsoladamente, porque tuvo que sacrificar una vida para salvar otra. Y como dijo la directora del film en una entrevista, “en ese momento el personaje es conciente de que está perdiendo a su hija para siempre”.

Esa escena genera un efecto retroactivo que obliga a pensar toda la película desde una perspectiva más ambigua. Muy lejos está Cordero de Dios de abogar por un borrón y cuenta nueva. Jamás sentí que Cedrón estimulara una supuesta “reconciliación”, sino todo lo contrario: quiere atenazarnos al núcleo de la Historia, con toda su complejidad, para que no escapemos tan fácilmente.


Hay otra escena del film que no me deja en paz. Es aquella en la que Morán y Balcarce reciben la prueba de vida por parte de los secuestradores: se trata un ejemplar del diario Clarín y un cassette en donde se escucha a Marrale leer los titulares del día. Titulares que hablan de la miseria que crece en la Argentina. Uno piensa en ese momento que todos aquellos que dieron su vida en el pasado lo hicieron para que este presente no fuera tan perverso. No podrían imaginar hasta qué punto lo que hoy se vive es desolador, porque no parece asomar esperanza alguna (salvo a través del arte... ojalá).

Mi generación no tiene el coraje. Quizás se deba a que no nos animamos a comprender la historia y asimilar la experiencia. Quizás el descalabro moral sea más paralizante de que lo queremos creer. Pero también hay pereza. Somos responsables por los cambios que hoy no se producen en lo político, porque es más simple elegir el mal menor que empezar a construir algo nuevo, y está claro que nos acostumbramos -porque es cómodo- a pensarnos como víctimas.


Un futuro no muy lejano nos pasará una cuantiosa factura por toda esta desidia.

martes, 13 de mayo de 2008

Lo que perdimos en el camino, de Susanne Bier

Lo que perdimos en el camino (Things we lost in the fire, 2007).

Estreno directo en DVD, editado por AVH.

Las historias de amor que narra la danesa Susanne Bier siempre se gestan entre los escombros de un hecho profundamente traumático: antes de asumir la pérdida, el amante reclama un cuerpo sustituto en quien depositar el deseo. Es como si el inicio del duelo requiriera un escalón previo en donde un tercero debe intervenir para convertirse en blanco de la negación, la furia y la tristeza... un tercero que se enamora y sufre, inevitablemente.

Recordemos: en la extraordinaria A corazón abierto (Open hearts, 2002), una joven es testigo de un accidente que deja a su novio postrado en un hospital. Sumido en la angustia, él la rechaza y ella busca el abrazo en el médico que atiende al muchacho. En Hermano (2004), una mujer cree haber perdido a su marido cuando deja de recibir noticias de él, que cumple una misión militar en Afganhistán. Entonces ella se refugia en su cuñado, sin saber que su esposo aún está vivo y pronto a regresar. Ambas películas tienen interpretaciones poderosas y una cámara en mano febril que sabe acompañar la construcción dramática. El nuevo film de Bier tiene un disparador argumental similar a los anteriores, y también tiene dos protagónicos soberbios, pero en su conjunto el relato decepciona: faltan matices, riesgos, intensidad.

Lo que perdimos en el camino es el primer trabajo de la realizadora europea en tierra norteamericana. Halle Berry encarna a Audrey, que vive con su esposo Brian (David Duchovny) y sus dos hijos pequeños en una bella casa en Seattle. Brian muere de repente, víctima de un acto de violencia callejera. Desamparada, Audrey acude al mejor amigo de su marido, Jerry (Benicio del Toro), aunque no parece saber muy bien qué busca en él. Jerry está destrozado por las drogas, pero está intentando recomponer su vida. Ella le ofrece mudarse al garage de su casa. Entre la desconfianza y el imperativo del consuelo, sumergidos en el pozo del duelo y la adicción, los personajes hacen lo que pueden para salir adelante, y así se van enredando en un vínculo complejo.

Sin alejarse nunca de lo previsible, lo mejor del film está en aquellas escenas que capturan discretamente el silencio de la intimidad, los juegos de los niños, los ojos que empiezan a aclararse cuando dejan atrás las lágrimas. Susanne Bier adora los rostros y los cuerpos, y su cámara los recorre en sus heridas y en sus fugaces brillos. En su cine los personajes son arrojados a la tragedia y obligados a resurgir de la nada con los afectos que tienen cerca: los espectadores vivenciamos los hechos con la misma inmediatez que los seres de ficción, y nos cuesta tanto como a ellos salir del estupor. Pero si en las películas anteriores la desesperación podía palparse en cada plano, en este film lo que falla es la conexión emotiva con los dos protagonistas, porque son unidimensionales, porque el guión (escrito por Allan Loebb) les niega una biografía que vaya más allá de la penosa coyuntura que los reúne. Tanto Berry como Del Toro ya interpretaron a criaturas parecidas en otras películas, lo que agrega cierta impresión de déjà vu al visionado de Lo que perdimos en el camino. Hay que reconocer que por momentos el film logra buenos climas y en ocasiones incluso surgen algunas chispas, pero son débiles y no alcanzan a encender el fuego.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Encuentros de Cine y Crítica - Comienza el 23 de mayo

Ciclo de Mayo y Junio: "Laberintos"

Los viernes a las 19:30 en CICLO-P (desde el 23 de mayo)

Coordina: Carolina Giudici

Entre lo real y lo imaginario, entre el pasado y el presente, entre el deseo y lo reprimido, entre la memoria y la culpa, entre el alma y el cuerpo… cuatro directores exploran la complejidad del ser humano en cuatro películas fundamentales del cine moderno y contemporáneo.

Las reuniones se realizarán los días viernes, durante la segunda quincena de mayo y la primera quincena de junio, a partir de las 19.30, en la sala CICLO-P, que queda en Av. Rivadavia 1559, 1º "B" (Congreso). La proyección del film es en pantalla grande y con buena calidad de sonido. Los cupos son limitados.

Ciclo "Laberintos"

La cifra impar, de Manuel Antín (1961 - Argentina)
Persona, de Ingmar Bergman (1966 - Suecia)
Rouge, de Krzysztof Kieslowski (1994 - Francia/Polonia/Suiza)
Pacto de amor, de David Cronenberg (1988 - EEUU)

Para consultas e inscripción:
Comunicarse al 4924-3385 (dejar mensaje y número de contacto)
O escribir a
datosparacaro@yahoo.com.ar

domingo, 4 de mayo de 2008

Tengo tanto sentimiento...


Tengo tanto sentimiento
que es frecuente persuadirme
de que soy sentimental,
mas reconozco, al medirme,
que todo esto es pensamiento
que yo no sentí al final.

Tenemos, quienes vivimos,
una vida que es vivida
y otra vida que es pensada,
y la única en que existimos
es la que está dividida
entre la cierta y la errada.

Mas a cuál de verdadera
o errada el nombre conviene
nadie lo sabrá explicar;
y vivimos de manera
que la vida que uno tiene
es la que se ha de pensar.

Fernando Pessoa