jueves, 28 de febrero de 2008

Y todo así (un texto de Luis Gruss)

Y todo empezó como si, quiero decir, sin fe, sin apostar a nada que no surgiera de la vaga idea de encontrarse en una orilla común, esto es, pocas o ninguna voz, ironías que permitieran, al menos, sobrevivir al verano, ilusiones al pasar, por qué no, algún placer que, sobre todo en estos tiempos, no se le niega a nadie; ella se reía con ganas, se burlaba de mis discursos más solemnes que efectivos, de la insufrible densidad del palabrerío alimentado en un sinfín de lecturas encorvadas, y todo se fue dando en esa línea de encontrarnos pero no, de hablarnos pero sí, de abrazarnos pero sin que se viera mucho por afuera, o sea, todo ese ritual de pasar de largo por la calle de las funerarias, dejar atrás la plaza, los puesteros madrugadores, la catedral iluminada, porque, debo aclarar, el contexto ayudaba en esa ciudad vestida de fiesta, la avenida del mar, la música encerrada en cada caracol hallado al puro azar, en la parte de la playa donde la arena se vuelve dura de tan mojada, su entrepierna, poniendo, decía, el caracol en la oreja como para comprobar que ahí sí hay tempestades, que adentro suena la sinfonía del océano y un montón de tonterías al uso que nos gustaba explorar entre risas como si fuera la primera vez porque, claro, todos los amantes creen o suponen que hacen lo que hacen por primera vez, a despecho del mundo y de los diarios, a favor del viento y contra la estúpida cerviz de los seres acabados, qué importa, nos dijimos, el futuro, la cuestión de la edad, los encantadores de serpientes, qué importancia tiene, creo que quisimos convencernos también, aún sin saber que el mundo por supuesto no era nuestro sino de los que nunca han dudado, de los que buscan y encuentran, de los que jamás pensaron en matarse con el gas de la estufa, como nosotros, cuando hablamos de la muerte y yo apenas había mirado tu escote y vos todavía no me habías mostrado la vela roja, esa en la que parecen enredarse dos amantes (como nosotros, dije), y ella se defendía diciendo que no fuera tan rápido, que había que ver, que después de todo y lo de más allá, hasta que sacó esa botella azul de la heladera y llenó los vasos mientras yo miraba, desde el balcón, la ciudad costera y, por fin, lo de bajar por el ascensor, me gustan tus brazos (creo que dijiste o dijo ella), lo del beso en la boca tan adentro, la bicicleta encadenada y el horror que me produce volver una y otra vez sobre la misma historia, especialmente ahora, pero supongo que las historias jamás contadas son las mejores porque de alguna manera hay que imaginarlas, y a veces pienso que lo nuestro, o lo de ellos, fue soñado por otros solamente para probar que no se puede, algún dios cruel, el mismo que nos empujó a la cama cuando todo era o parecía tan perfecto, sin decir palabras, sin canciones, sin siquiera una sola explicación y cuando ya se habían jugado todas las partidas y los banales sacrificios del final.

Luis Gruss
Texto publicado en La carne (Editorial Atril).

La pintura es de Edward Hopper ("Rooms by the sea")

viernes, 22 de febrero de 2008

Petróleo sangriento, de Paul Thomas Anderson


Kant escribió alguna vez que el genio es ese “talento (don natural) que le da la regla al arte”. Es decir, el genio crea reglas aún no concebidas. “Podríamos decir que lo propio del genio es crear nuevos paradigmas”, explica Elena Oliveras en su libro "Estética. La cuestión del arte". Griffith, Welles, Ford, fueron verdaderos genios. Dejaron una huella revolucionaria en la historia de la forma cinematográfica. Es impertinente decir que Paul Thomas Anderson está a la misma altura que los directores nombrados. La innegable calidad de la película y los lauros alzados por sus nominaciones al Oscar despertaron comparaciones que quizás sean apresuradas, porque lo cierto es que la película todavía necesita decantar en la percepción del público. Reclama un tiempo prudencial para forjarse un lugar en la Historia que permita certificar su trascendencia. Petróleo sangriento es un film gigante y deliberadamente imperfecto. Anderson es conciente de su cometido: intenta algo diferente, extraño, alejado de toda pretensión de armonía y proporción. Porque ya hay mucho cine detrás de él y al fin de cuentas él es hijo de esta época, y como sucede con tantos otros directores catalogados de "posmodernos", a él solo le queda apropiarse de lo ya conocido para volverlo a contar con una mirada delirante. Aunque no por eso menos certera.

Es como la mirada de Daniel Day Lewis, de eterno ceño fruncido, con ojos de un brillo vil que se cierran al punto de desaparecer, en un escrutinio constante de todo lo que lo rodea. Day Lewis encarna a Daniel Plainview, un petrolero dispuesto a todo con tal de acrecentar sus ganancias. Levemente inspirado en la novela "Oil" de Upton Sinclair, el relato se expande desde 1898 hasta finales de la década del ‘20. Muy poco se dice del pasado del personaje central, o de deseos suyos que vayan más allá del hallazgo y la explotación de pozos de petróleo. El protagonista se construye por la pura acción, pero al mismo tiempo su ser más íntimo se torna enigma. El personaje, como la película toda, tiene vocación de mito. Es por eso que sacude y penetra y promueve infinitas lecturas. Petróleo sangriento tal vez no sea genial, pero exhibe con orgullo el talante de la obra abierta.


Daniel Plainview detenta una ambición ciega, al punto de abandonar a su hijo cuando éste se convierte en estorbo, y al punto de volverse directamente loco y asesino. El personaje puede simbolizar a George Bush, al capitalismo salvaje o, más literalmente, a cualquier empresario enfermo de poder. También está el descabellado personaje del predicador que interpreta Paul Dano, que representa la hipocresía irredimible de la Iglesia. La historia que narra el film es transparente: inferir sus metáforas parece un ejercicio, en principio, sencillo. Anderson lo sabe. Él busca otra cosa. Quizás otra posibilidad de ruptura.


Pero no se trata de una ruptura basada en postulados radicales, como los promulgados por las vanguardias del siglo XX, como el expresionismo, el surrealismo o la misma nouvelle vague. Anderson quiere comunicarse: fabrica una coraza que desde lo exterior se impone como realista, y que sin embargo es permanentemente perforada por recursos cinematográficos que son atípicos, subversivos, desafiantes para el espectador. Esto puede notarse en la textura áspera, incómoda, que el realizador concibió para la fotografía de sus imágenes, o en la marcación actoral asentada en la exageración, elección que dispara los insólitos cambios de tono en las situaciones en donde interviene el personaje del sacerdote. (Este reto al realismo ya bullía en la obra anterior de Anderson: recordar la lluvia de ranas en Magnolia, o los ritmos ansiosos y desconcertantes de Embriago de amor). Pero lo más fácil de distinguir es el empleo disonante de la música, compuesta por Jonny Greenwood (miembro de la banda Radiohead), que se aplica como contrapunto dramático de lo visual y no como un previsible acompañamiento de la escena.

Anderson interpela la mirada, el oído, la percepción. O mejor dicho: subleva las estructuras que por costumbre utilizamos a la hora de mirar el cine, y por ende, el mundo. Tal como lo hace la estética de los hermanos Dardenne o de Michael Haneke, por nombrar otros directores contemporáneos de estilos diferentes pero con preocupaciones ideológicas afines, Anderson nos acorrala en su ficción con ademanes oblicuos y absorbentes, para obligarnos a encarar de frente el sustrato de la violencia.


El título original de Petróleo sangriento es There will be blood, que podría traducirse como “Correrá la sangre”. Sin dudas, todo es sangre en la lógica que domina a la humanidad. Es la tesis de esta película, y es también lo que proponen los hermanos Coen en Sin lugar para los débiles y Tim Burton en Sweeney Todd, por citar solo dos ejemplos del cine más reciente. Los artistas del siglo XXI pueden trazar vehementes diagnósticos de situación, pero son incapaces de arrimar un atisbo de esperanza. La apelación inmediata a la inexorabilidad del odio, al carácter psicópata de los personajes, a la misantropía, es una actitud legítima y comprensible en una etapa histórica signada por la incertidumbre; pero más temprano que tarde llegará la urgencia de expresar algo más, algo que aspire a la construcción, aunque más no sea como aullido primitivo en pos de la supervivencia de la especie.


El sentimiento reinante es la desesperación. Porque todavía en el horizonte no aparecen, ni siquiera se intuyen, alternativas políticas que puedan oponerse a esta lógica siniestra.

El sabor consecuente es la amargura.

Mientras tanto, seguimos pensando el arte. El futuro determinará si Paul Thomas Anderson es un autor capaz de instaurar un nuevo paradigma estético. Por ahora, alcanza con reconocer que Petróleo sangriento (así como también el film de los hermanos Coen) es uno de esos esporádicos oasis en el panorama del cine que logran estimular el debate estético e ideológico por parte de la crítica. Tanto en los medios extranjeros como en los argentinos, el film ha inspirado excelentes artículos que vale la pena rastrear y discutir. Sin dudas, se trata de una obra destinada a perdurar.

miércoles, 20 de febrero de 2008

La pura verdad

Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.

Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:

siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.

Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor y miedo y apremio.

Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.

Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,
un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.

Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a cualquiera o aburrir de golpe.

Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.

El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme, pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.

Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la Cenicienta, aunque algunos
me recuerden con cariño o descubran mi zapatito y también vayan muriendo.

No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.

La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.

Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:
sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.

Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no sirve y se corrompe.

Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.

Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida.

Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.

Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme.

Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.

Francisco "Paco" Urondo

martes, 19 de febrero de 2008

Lejos de ella, de Sarah Polley

Un blanco persistente colorea cada una de las imágenes de Lejos de ella (Away from her). Está en el paisaje nevado de Ontario, en la barba de Grant, en el cabello de Fiona. Está en las asépticas paredes de la clínica y en la luz que inunda el comedor en donde todos los enfermos se reúnen cada día a dejar pasar la vida. El blanco resplandece al final del último túnel, o al menos eso dicen los que alguna vez fueron y milagrosamente volvieron. Al blanco cede la memoria cuando ya no tiene fuerzas para recordar. Porque un virus desgraciado se las robó. O porque a veces, simplemente, el corazón está cansado y le pide al cerebro, por favor, olvidar.

Fiona (Julie Christie) padece el mal de Alzheimer y sabe que está ingresando en la etapa más difícil de la enfermedad. Una noche, en la cocina, su marido Grant (Gordon Pinsent) está secando una sartén que acaba de lavar y se la da a Fiona para que la guarde. Ella abre la heladera y coloca la sartén en el freezer. Una imagen, todo dicho. No hace falta más. “Tal vez estoy empezando a desaparecer”, reconoce Fiona durante una cena con amigos, y ese temor le alcanza para exigirle a su esposo que la interne en un centro especializado, porque ya no puede cuidarse sola. Las pocas situaciones “incómodas” se concentran en la introducción del film, pero de ahí en más el relato ostenta una inusual contención dramática para una temática de este calibre.

Esta economía de recursos es la que define la precisa puesta en escena de la actriz canadiense Sarah Polley en su primer intento detrás de las cámaras. Polley, de apenas 28 años, tuvo su primer rol destacado en 1997 en El dulce porvenir, de su compatriota Atom Egoyan (que es productor del film que nos ocupa) y se lució con sus intensos trabajos en Mi vida sin mí y La vida secreta de las palabras, ambos títulos de la española Isabel Coixet. Lejos de ella, como película, se parece mucho al perfil de Polley como intérprete: serena, discreta, de una belleza tímida. Basado en el cuento “The bear came over the mountain” de Alice Munro, el film se impone como una delicada artesanía que debajo de formas en apariencia tradicionales alberga una enorme complejidad.


No es solo la historia de un hombre que enfrenta el paulatino deterioro físico y mental de su mujer; es la historia de un matrimonio que sutilmente desovilla su pasado, una relación de 44 años que tuvo un inicio mágico, así como tuvo sus instancias sublimes e inevitables altibajos… y también tuvo mucho por callar.

Eludiendo la narración lineal, el relato se dedica a seguir rigurosamente los pasos de Grant, cuyo punto de vista cruza sus vivencias del presente (las visitas regulares al centro Meadowlake, en donde ella está alojada) con los aleatorios recuerdos de juventud y la reconstrucción de los hechos de los meses anteriores, en donde los síntomas de Fiona se venían pronunciando, a pesar de que él se empeñara en negarlos. Grant -que en el cuerpo de Gordon Pinsent parece una especie de Papá Noel melancólico- siente total devoción por su mujer, pero debe aceptar que cada día que pasa ella se distancia un poco más. Y pronto deberá ser testigo del amor que Fiona empezará a desplegar hacia otro hombre internado en la clínica.

Es un proceso imprevisible, oscuro, devastador, y Sarah Polley logró esculpirlo en un film increíblemente maduro, en cuyo centro, para la Historia y para la memoria, quedará grabado el rostro centelleante de una descomunal Julie Christie. Todo dicho.

lunes, 18 de febrero de 2008

"Prefiero los errores del entusiasmo a la indiferencia de la sabiduría".

Anatole France

viernes, 15 de febrero de 2008

La joven vida de Juno, de Jason Reitman

“Juno es la historia de una adolescente que queda embarazada de un chico nerd”. Así resumió Catalina Dugli el argumento de Juno cuando habló del estreno en el noticiero de canal 13. Otra prueba de que la televisión, atada a la brevedad y la superficie, no es espacio propicio para la crítica de cine, aunque solo se trate de fugaces comentarios o recomendaciones. Porque decir que el personaje de Paulie Bleeker es un “nerd” significa no haber comprendido que el objetivo central de esta película es precisamente demoler los estereotipos. Bleeker (Michael Cera) es inteligente, tranquilo y respetuoso. Toca la guitarra, sale a correr todas las mañanas y su vicio no es la cerveza, sino las pastillas Tic Tac de naranja. Es decir: es un personaje único, que no responde a modelos previsibles -el seductor, el tonto, el bromista pesado- ya codificados en las comedias juveniles. Es por eso que la protagonista se enamora de él.

Juno MacGuff (la bonita Ellen Page) también es una muchacha fuera de lo común. Bohemia y perspicaz, no sufre su embarazo como si fuera una tragedia, ni se hace demasiado rollo cuando la alternativa del aborto le resulta poco confiable. Simplemente, decide tener al bebé para darlo en adopción. Con total respaldo de sus comprensivos padres (interpretados por J. K. Simmons y Allison Janney), Juno se contacta con una joven pareja (Jason Bateman y Jennifer Garner) que no puede tener hijos y está dispuesta a hacerse cargo del recién nacido.

Estamos básicamente ante una comedia de diálogos y personajes. La selección de canciones para la banda sonora es estupenda y todos los actores están perfectos. Durante la primera hora del relato no hay grandes obstáculos para las intenciones de Juno. Las cosas fluyen con gracia y amabilidad, pintando un microcosmos de algodones capaz de mitigar la tristeza y los miedos que surgen hacia el final del film. No es que sea una película con exceso de azúcar -las observaciones y chistes de Juno disparan agudas ironías sobre el mundo que la rodea-, pero se nota que lo que buscan el director Jason Reitman (Gracias por fumar) y la guionista debutante Diablo Cody es desmarcarse del retrato de la típica “familia disfuncional”, ya muy transitada por el cine independiente norteamericano de los últimos años (Pequeña Miss Sunshine, Los excéntricos Tenembaum, La seguridad de los objetos).


Lo único que hace un poco de ruido en la película es la misma protagonista. La niña madura Juno –que suele pasearse con una pipa, aunque no fuma (?)- es muuuy canchera, demasido sagaz, y uno siente que nada realmente malo podría ocurrirle porque ella siempre está adelantada a todo. Esta sobreescritura del personaje hace que por momentos el trabajo de Ellen Page pierda naturalidad, más aún cuando se la compara con las otras criaturas de la historia, a quienes les basta la sencillez para encantar.

Más allá de sus nominaciones al Oscar, este pequeño film vale la pena. En medio de una temporada colmada de estrenos que cultivan el nihilismo y la violencia (Sweeney Todd, Promesas del Este, Petróleo sangriento), una película como Juno nos dice que todavía queda gente buena en el planeta, gente que cree en la solidaridad… La solidaridad, ese gesto… ¿se acuerdan?

martes, 12 de febrero de 2008

“La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfechos de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza…”.

Aldous Huxley (Un mundo feliz)

domingo, 10 de febrero de 2008

Días de furia, de Paul Schrader

Basado en una novela del escritor norteamaricano Russell Banks, el film Días de furia (Affliction) narra la agonía existencial de Wide Whitehouse (Nick Nolte), un hombre divorciado de 50 años que corre el riesgo de apartar de su lado a su única hija (Brigid Tierney) y a su novia Maggie (Sissy Spacek). Vulnerable, impulsivo, por momentos esquizofrénico, Wade trabaja como policía en un pequeño pueblo en el nevado estado de New Hampshire. Un día un hombre es encontrado muerto luego de una cacería en el lugar y Wade intuye que el hecho es parte de una conspiración. La incógnita dispara un acelerado desmoronamiento de su vida.

Perseguido por difusos temores y culpas en lo psicológico, herido irreversiblemente en lo emocional, Wade no logra superar un trauma que lo acecha desde la niñez y que involucra a su agrio y alcohólico padre (James Coburn). Haciendo foco en esa tortuosa relación, la película se convierte en una áspera parábola moral sobre un hombre común en camino hacia las tinieblas.

El film fue estrenado en 1997 con la firma del notable Paul Schrader, responsable de películas como American Gigoló (1980), Mishima (1984) y Traficantes (1991). Este realizador es principalmente conocido por ser el guionista de esas dos gemas del cine contemporáneo que son Taxi Driver (1976) y El toro salvaje (1980), ambas del gran Martin Scorsese. Tanto estos títulos como Días de furia hablan de la soledad, la pérdida de la fe, la enajenación y la delgada línea entre la cordura y la locura, todos ellos temas predilectos en la obra de Schrader.

La película cuenta además con un elenco implacable. James Coburn fue galardonado con un Oscar al mejor actor de reparto por su perturbadora interpretación del padre de Nick Nolte, quien a su vez fue nominado al premio de la Academia por su trabajo en este film. También hay que destacar las fugaces pero efectivas apariciones de Mary Beth Hurt y Willem Dafoe, quienes encarnan respectivamente a la ex mujer y al hermano menor del protagonista. Todos estos atributos hacen de Días de furia una película imperdible.

sábado, 9 de febrero de 2008

A los hombres futuros





Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
Es insensata la palabra ingenua.
Una frente lisa revela insensibilidad. El que ríe
es que no ha oído aún la noticia terrible,
aún no le ha llegado.

¡Qué tiempos éstos en que
hablar sobre árboles es casi un crimen
porque supone callar sobre tantas alevosías!
Ese hombre que va tranquilamente por la calle
¿lo encontrarán sus amigos cuando lo necesiten?

Es cierto que aún me gano la vida
Pero, creedme. Es pura casualidad.
Nada de lo que hago me da derecho a hartarme.
Por casualidad me he librado. (Si mi suerte acabara,
estaría perdido).
Me dicen: «¡Come y bebe! ¡Goza de lo que tienes!»
Pero ¿cómo puedo comer y beber
si al hambriento le quito lo que como
y mi vaso de agua le hace falta al sediento?
Y, sin embargo, como y bebo.

Me gustaría ser sabio también.
Los viejos libros explican la sabiduría:
apartarse de las luchas del mundo y transcurrir
sin inquietudes nuestro breve tiempo.
Librarse de la violencia. Dar bien por mal,
no satisfacer los deseos y hasta
olvidarlos: tal es la sabiduría.
Pero yo no puedo hacer nada de esto:
verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.

II 

Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,
cuando el hambre reinaba.
Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía
y me rebelé con ellos.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.
Mi pan lo comí entre batalla y batalla.
Entre los asesinos dormí.
Hice el amor sin prestarle atención
y contemplé la naturaleza con impaciencia.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos.
La palabra me traicionaba al verdugo.
Poco podía yo. Y los poderosos
se sentían más tranquilos, sin mí. Lo sabía.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

Escasas eran las fuerzas.
La meta estaba muy lejos aún.
Ya se podía ver claramente,
aunque para mí fuera casi inalcanzable.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

III 

Vosotros, que surgiréis del marasmo
en el que nosotros nos hemos hundido,
cuando habléis de nuestras debilidades,
pensad también en los tiempos sombríos
de los que os habéis escapado.

Cambiábamos de país como de zapatos
a través de las guerras de clases, y nos desesperábamos
donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella.
Y, sin embargo, sabíamos
que también el odio contra la bajeza
desfigura la cara.
También la ira contra la injusticia
pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,
que queríamos preparar el camino para la amabilidad
no pudimos ser amables.
Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos
en que el hombre sea amigo del hombre,
pensad en nosotros con indulgencia. 


Bertold Brecht

martes, 5 de febrero de 2008

Expiación: deseo y pecado, de Joe Wright

A la pequeña Briony Tallis (Saoirse Ronan) le gusta mucho escribir. Sabe observar, fabular, intrigar. Sabe mentir. Corre el verano de 1935 y Briony pasa los días junto a su familia en una mansión victoriana ubicada en la campiña inglesa. Todo es verde y radiante en ese paisaje. Nadie intuye que la muchachita está secretamente enamorada del hijo del ama de llaves, Robbie (James McAvoy, la sonrisa más bella que el cine ha dado en mucho tiempo). Y claro… designios del melodrama, ocurre que Robbie a quien desea es a Cecilia (Keira Knightley), la hermana mayor de Briony.

Una noche se produce una confusión, una situación sospechosa, una puerta para la malicia. Cegada por los celos, la niña acusa falsamente al joven de haber cometido un delito. Él es enviado a la cárcel sin posibilidad de defenderse. Robbie se aleja, ante la mirada desesperada de Cecilia. Cinco años después, en medio de la segunda guerra mundial, los amantes volverán a encontrarse.

Después de su estimulante debut con Orgullo y prejuicio, el realizador Joe Wright se animó a trasladar al cine esta celebrada novela publicada en 2001 por Ian McEwan, un autor fundamental para la literatura británica contemporánea. El film recibió siete nominaciones para el Oscar de este año, incluyendo mejor película, mejor fotografía y mejor actriz de reparto (Saoirse Ronan). Con un guión a cargo de Christopher Hampton (Carrington), Expiación ("Atonement") hace gala de una estupenda factura visual, pero padece algunos desniveles en el desarrollo dramático.

Lo más destacable de la película es su primera parte, cuando los personajes se presentan y la tensión romántica se despliega desde los coloridos jardines hasta los más recónditos interiores del lujoso hogar burgués. Urdiendo un inteligente pacto de lectura con el espectador, el relato expone en primera instancia el punto de vista sesgado de Briony, quien es testigo de ciertos hechos decisivos de la trama, para luego contraponerlo a una narración objetiva de esas mismas escenas. Todo este tramo del film está perfectamente acompañado por la música de Dario Marinelli, que juega con el sonido crepitante de una máquina de escribir para generar un clima de sutil perturbación…


Es como si alguien estuviera escondido en algún sitio, pulsando las teclas de esta quimera, inventando todo. Expiación es una obra claramente metanarrativa, pero esto recién se comprueba sobre el final. Por eso cuando la película ingresa en su segunda parte, con el conflicto bélico como telón de fondo, el ímpetu inicial parece apagarse, el tono cambia abruptamente e incluso la banda sonora se vuelve efectista. En este segmento seguimos a un Robbie que observa perplejo los estragos de la guerra. Pasamos del mundo imaginario de la precoz escritora a un mundo gris en donde la cruel verdad se impone a la fuerza. Ella puede especular con el talento y la razón, mientras él no tiene otra opción que mirar de cerca la tragedia. Ella puede manipular a los personajes de sus ficciones, pero aún es demasiado ingenua para aceptar que en la vida no se puede controlar el deseo de los otros.

Este planteo se revela interesantísimo cuando uno piensa la película en retrospectiva, pero durante la proyección hay algo que no funciona del todo, un sabor que se diluye en el trayecto de la culpa a la redención. El puntillismo que mereció la puesta en escena parece haber opacado en cierta medida el trabajo con los protagonistas de la historia. Más allá de las sentidas interpretaciones de McAvoy y Knightley, sus personajes quedan suspendidos en una especie de limbo impalpable, sin conseguir un peso propio en la pantalla. Es cierto que ellos responden más a la ilusión literaria de Briony que a seres tendientes a lo real, pero aun así resulta débil la construcción de los lazos afectivos en el film. Expiación es un producto estancado en el estadio del concepto antes de llegar a la emoción genuina.

lunes, 4 de febrero de 2008

"Lloramos al nacer porque porque llegamos a este inmenso escenario de dementes".

William Shakespeare

sábado, 2 de febrero de 2008

Te lo agradezco, pero no

Acércate que a lo mejor
no te das cuenta que mi amor
no es para siempre
porque hay noches que se apagan cuando duermes
díselo a tu corazón
no habrá mas fuente de dolor
no digas que no pienso en ti
no hago otra cosa que pensar
acércate un poco más
no tengas miedo a la verdad

Que hay
cuando llegue la mañana y salga el sol
tú volverás a mi lado y gano yo
y ahora vete, vete, vete, vete
vete y pásatelo bien,
por nosotros dos
no, corazón

Te lo agradezco, pero no
te lo agradezco mira niña, pero no
yo ya logré dejarte aparte
no hago otra cosa que olvidarte
te lo agradezco, pero no
te lo agradezco mira niña, pero no
te lo agradezco corazón
Pero no, tú sabes bien que...

Acércate un poco más
no ves que el tiempo se nos va
da rienda suelta a lo que sientes
si no lo haces. mala suerte
porque al final, si no lo ves
puede que no me escuches,
pero lo diré

Que hay
cuando salga el sol y llegue la mañana
yo volveré a tu lado, a tu lado con más ganas
y ahora, vete, vete, vete, vete
vete y pásatelo bien, por los dos

Te lo agradezco, pero no
te lo agradezco mira niña, pero no
yo ya logré dejarte aparte
no hago otra cosa que olvidarte
te lo agradezco, pero no
te lo agradezco mira niña, pero no
yo ya logré dejarte aparte
no hago otra cosa que olvidarte

Tengo conciencia del daño que te hice
pero al mismo tiempo no me siento
responsable de lo que pudiste
pensar que fue coraje
no fue nada más que el miedo, miedo

No hago otra cosa que olvidarte corazón
por la mañana temprano
y luego en la tarde, en la noche
cuando estoy en el vacilón,
no puedo na más que olvidarte, corazón
te lo agradezco
te lo agradezco, pero no
te lo agradezco mira niña, pero no
yo ya logré dejarte aparte
no hago otra cosa que olvidarte

te lo agradezco pero no
ya te he dejado aparte
ahora ya no necesito más de ti
yo ya logré dejarte aparte
ya estoy así
estoy bien corazón
no me vale
que me vengas así llorando,
una vez más te lo agradezco
tus ojos lindos, tu cuerpo bello,
lo siento niña pero no
al lado mío siempre corazón,
cuando salga el sol,
yo no estaré ahí,
ahora vete, vete, vete al vacilón.

Alejandro Sanz (con Shakira)