domingo, 9 de marzo de 2008

Sin lugar para los débiles, de Ethan y Joel Coen

“El pesimismo moderno es la expresión de la inutilidad del mundo moderno, no del mundo y de la existencia en general”.
Friedrich Nietzsche

“¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma?”.
Corman McCarthy – "No es país para viejos"



El sheriff Ed Bell (Tommy Lee Jones) está cansado y quiere jubilarse. Demasiados años luchando contra eso que tanto daña y que, a la vez, se escapa. Demasiadas muertes sin sentido. Porque eso es lo que a él más le duele: no hallar un sentido. La muerte absurda, la sangre porque sí. Aceptar que el Mal aparece de la nada y se impone, sin otra razón que la simple destrucción. “Es una guerra”, dice el sheriff, y escucha con tristeza la advertencia de un amigo que ya está decididamente resignado: “No puedes detener lo que está por venir. Nadie va a esperarte. Eso es vanidad”.

Todo sucede en Texas, en 1980. Lewellyn Moss (Josh Brolin) es un hombre común que un día se topa con una valija llena de dinero. Dos millones de dólares. Pura suerte. Piensa que está salvado para toda la vida, pero también sabe que tiene que huir. El dinero pertenece al narcotráfico y Anton Chigurh (Javier Bardem) es el asesino profesional -y psicópata- contratado para encontrarlo. Durante la persecución los cadáveres se acumulan y es el viejo Bell quien deberá investigar el caso.

La película de los Coen huele a western: la iconografía, el color de las voces, la moral del sheriff. Pero el western como género pretendió ilustrar el nacimiento de una nación: los bandos estaban claramente definidos y lo que importaba era establecer una ley justa, para construir sobre ella un gran país, primero, y luego, un mundo mejor. Sin lugar para los débiles sugiere que no hay mundo mejor. Ni en la Tierra ni en el cielo.

La película finge ser un western pero se funde en el terror. El relato postula que el único que puede ser consecuente con sus principios es aquel que superó a la especie como hoy la conocemos; aquel que no es esclavo de los valores impuestos por la ética o la religión o la filosofía de la felicidad; aquel que no necesita ningún ideal que esté más allá de su propia voluntad... ¿el Superhombre?

En su novela McCarthy parece haber diseñado la versión más siniestra posible del superhombre proclamado por Nietzsche hace más de un siglo. Solo que Nietzsche era un vitalista y confiaba en un sujeto que pudiera trascender los dogmas para desarrollar sus pasiones más sinceras, y así exigirse a sí mismo cada día un poco más, con el fin de alcanzar un nuevo estadio del entendimiento, un ser humano más que humano. Que esta concepción del hombre permitiera en un futuro lograr un planeta más habitable era el desafío que se jugaba al nacer el siglo XX. El pensador murió en 19o0 y no imaginó las oscuras derivaciones que en las décadas siguientes llegaría a tener su proyecto. Aunque es probable que todas las lecturas prácticas de su obra hayan sido erradas.


Lo único cierto es que ya estamos en el siglo XXI y el imperturbable Anton Chigurh no puede ser otra cosa que un producto de esta época. La filosofía se descubre desorientada, la ciencia hace lo que puede y el arte aporta pinceladas tímidas para describir un paisaje apocalíptico. Las huellas de Zaratrusta se hacen visibles en el desierto de Texas. Estamos demasiado solos. Frente a la imposibilidad de una transformación política que nos consuele, solo nos queda esperar un precario giro del destino que nos permita escapar, como lo hace Lewellyn Moss, aun sabiendo que escapar es una utopía.

Quienes criticaban a los Coen por su cinismo, por la falta de compromiso de sus historias, ya no tienen motivos para el berrinche. Los hermanos encontraron en McCarthy un espejo ideológico y desde el primer minuto el film expone su visión del mundo. Un relato seco, elíptico, sin música, que destila densas humaredas de escepticismo y nostalgia. Es el mejor trabajo en la carrera de los Coen, y si bien el análisis crítico debería evitar el panegírico, resulta muy difícil detectar grietas en Sin lugar para los débiles. Podríamos decir que es una película perfecta, si no fuera porque entronizar lo que plantea sería lo mismo que abogar por el suicidio.

2 comentarios:

Maxi dijo...

muy bueno el analisis, a mi me gusto mucho la pelicula, me parecio muy artistica , y no en el sentido "kistschiano",jaja. la cereza de la torta fue ese final, sin redobles de tambores ni nada, un final de una hitoria mas, como la vida misma. javier bardem se merece un 10 y la ausencia de musica se hace ver como ninguna. yo fui a uno de tus cursos en la biblioteca de castelar y los disfrute mucho. saludos!!!

sofia martínez dijo...

Con un inicio flojo pero poco a poco te irá atrapando. En lo personal creo que los hermanos Coen han logrado una adaptación muy fiel, sin embargo con esta película hay una paradoja en su construcción, en esa relación entre forma y fondo lo que provoca que parezca una cinta aparente muy simple por su trama, que pareciera que no dice nada e incluso que su historia es poco confusa pero no es así pues se convierte en una obra cumbre que maneja el lenguaje cinematográfico a la perfección. Además el elenco está de lujo, Tommy Lee Jones, Javier Bardem y Kelly Macdonald quien fue merecedora del premio de sindicato de actores por su gran desepemeño en este film.