martes, 19 de febrero de 2008

Lejos de ella, de Sarah Polley

Un blanco persistente colorea cada una de las imágenes de Lejos de ella (Away from her). Está en el paisaje nevado de Ontario, en la barba de Grant, en el cabello de Fiona. Está en las asépticas paredes de la clínica y en la luz que inunda el comedor en donde todos los enfermos se reúnen cada día a dejar pasar la vida. El blanco resplandece al final del último túnel, o al menos eso dicen los que alguna vez fueron y milagrosamente volvieron. Al blanco cede la memoria cuando ya no tiene fuerzas para recordar. Porque un virus desgraciado se las robó. O porque a veces, simplemente, el corazón está cansado y le pide al cerebro, por favor, olvidar.

Fiona (Julie Christie) padece el mal de Alzheimer y sabe que está ingresando en la etapa más difícil de la enfermedad. Una noche, en la cocina, su marido Grant (Gordon Pinsent) está secando una sartén que acaba de lavar y se la da a Fiona para que la guarde. Ella abre la heladera y coloca la sartén en el freezer. Una imagen, todo dicho. No hace falta más. “Tal vez estoy empezando a desaparecer”, reconoce Fiona durante una cena con amigos, y ese temor le alcanza para exigirle a su esposo que la interne en un centro especializado, porque ya no puede cuidarse sola. Las pocas situaciones “incómodas” se concentran en la introducción del film, pero de ahí en más el relato ostenta una inusual contención dramática para una temática de este calibre.

Esta economía de recursos es la que define la precisa puesta en escena de la actriz canadiense Sarah Polley en su primer intento detrás de las cámaras. Polley, de apenas 28 años, tuvo su primer rol destacado en 1997 en El dulce porvenir, de su compatriota Atom Egoyan (que es productor del film que nos ocupa) y se lució con sus intensos trabajos en Mi vida sin mí y La vida secreta de las palabras, ambos títulos de la española Isabel Coixet. Lejos de ella, como película, se parece mucho al perfil de Polley como intérprete: serena, discreta, de una belleza tímida. Basado en el cuento “The bear came over the mountain” de Alice Munro, el film se impone como una delicada artesanía que debajo de formas en apariencia tradicionales alberga una enorme complejidad.


No es solo la historia de un hombre que enfrenta el paulatino deterioro físico y mental de su mujer; es la historia de un matrimonio que sutilmente desovilla su pasado, una relación de 44 años que tuvo un inicio mágico, así como tuvo sus instancias sublimes e inevitables altibajos… y también tuvo mucho por callar.

Eludiendo la narración lineal, el relato se dedica a seguir rigurosamente los pasos de Grant, cuyo punto de vista cruza sus vivencias del presente (las visitas regulares al centro Meadowlake, en donde ella está alojada) con los aleatorios recuerdos de juventud y la reconstrucción de los hechos de los meses anteriores, en donde los síntomas de Fiona se venían pronunciando, a pesar de que él se empeñara en negarlos. Grant -que en el cuerpo de Gordon Pinsent parece una especie de Papá Noel melancólico- siente total devoción por su mujer, pero debe aceptar que cada día que pasa ella se distancia un poco más. Y pronto deberá ser testigo del amor que Fiona empezará a desplegar hacia otro hombre internado en la clínica.

Es un proceso imprevisible, oscuro, devastador, y Sarah Polley logró esculpirlo en un film increíblemente maduro, en cuyo centro, para la Historia y para la memoria, quedará grabado el rostro centelleante de una descomunal Julie Christie. Todo dicho.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Original la peli. Otra vez me cautivó el tratamiento del tiempo, esa supuesta "lentitud", ese ir "desapareciendo". Interesante propuesta. Muy buena la crítica.

Noemí (de espacioy)

Anónimo dijo...

Original la peli. Otra vez me cautivó el tratamiento del tiempo, esa supuesta "lentitud", ese ir "desapareciendo". Interesante propuesta. Muy buena la crítica.

Noemí (de espacioy)