domingo, 7 de octubre de 2007

La Conquista del Honor, de Clint Eastwood

El objetivo de Clint Eastwood es desmontar un ícono cultural. En 1945, el ejército de Estados Unidos desembarcó en Iwo Jima, una isla del Pacífico que representaba un punto estratégico para ganar el control sobre Japón. El 23 de febrero, seis soldados norteamericanos plantaron una bandera en el Monte Suribachi, hecho que fue perpetrado por el fotógrafo Joe Rosenthal en la que hoy es una de las imágenes más famosas de la Segunda Guerra Mundial.

Hay que admitirlo: es una foto magnífica. Por su contundencia, por la perfecta armonía de las siluetas, por el vigor que irradian los anónimos soldados. Es una imagen tan sobrecogedora como bella, aunque odiemos la bandera que en ella flamea, y aunque nos remita inmediatamente al acto más atroz -por lo racional y por lo salvaje- del que es capaz el ser humano: la guerra. “Una buena fotografía puede hacer ganar o perder una guerra”, dice alguien en el film. Precisamente, lo que infunde belleza a la imagen es su vibración simbólica, su potencia para eternizar el hambre de triunfo y lograr, al mismo tiempo, hacer abstracción del instante real. Clint Eastwood vuelve a la isla de Iwo Jima para reconstruir ese instante, se hunde en la arena regada de cuerpos mutilados, se empapa de sangre y horror, y consigue que el aquí y ahora de la batalla dilapide el aura heroica de la foto.

Sucedió que tres de los soldados que izaron la bandera murieron en combate, mientras que los tres que sobrevivieron fueron enviados de regreso a Estados Unidos para embarcarse en una gira de ayuda financiera al ejército. Presentados como “ídolos” ante la sociedad, los jóvenes John “Doc” Bradley (Ryan Phillippe), Rene Gagnon (Jesse Bradford) y Ira Hayes (el mejor personaje, interpretado por Adam Beach) debieron atravesar situaciones de torpe exposición, algunas casi circenses, frente al pueblo y los medios, cuando ni siquiera podían lidiar con las secuelas psíquicas y físicas que la guerra había dejado en ellos. Este es el aspecto más interesante de la película: mediante un notable montaje paralelo, el relato pasa de la carnicería en las playas de Iwo Jima a la glamorosa campaña pro-bélica motorizada por el gobierno, en donde el recuerdo de la masacre asalta obsesivamente a los personajes.

Apenas eran unos muchachos, algunos de ellos adolescentes, que fueron abandonados a su suerte. Jamás se sintieron héroes, siempre fueron víctimas. Esto es lo que quiere contar el director: el campo de batalla es una lotería, los compañeros estallan en pedazos, la confusión es total. Eastwood es un gran narrador y la película tiene una factura técnica impecable. El realismo es tan subyugante como el desplegado por Steven Spielberg en la recordada secuencia inicial de Rescatando al soldado Ryan, o incluso más. Las imágenes convencen, en gran medida. En comparación con la sospechosa solemnidad que aquejó a sus dos títulos anteriores, Río Místico y Million Dollar Baby, La Conquista del Honor (Flag of our fathers) resulta sin dudas un trabajo más sólido. No apunta a ser un film histórico sobre la Segunda Guerra Mundial, ya que son pocos los datos puntuales que el guión aporte sobre ese conflicto; lo que el realizador busca es proclamar el sinsentido de toda guerra y denunciar la manipulación obscena orquestada por el Estado norteamericano, ajeno al dolor de los jóvenes que ponen el cuerpo. Ya sea en los años ’40 o en la actualidad, la hipocresía belicista se conserva incólume.


En el último trayecto del relato cobra protagonismo el hijo de John Bradley, James, quien fue el autor del libro inspirador de la película. Es entonces cuando Eastwood, que venía explotando la fuerza ideológica emanada de la pura acción, comienza a cargar las tintas sobre la palabra y el film se torna discursivo. Los hijos de los combatientes parecen mirar el pasado con un relativismo nostálgico, por lo que el final se convierte en un compendio de sentencias instructivas que en gran parte anulan el ímpetu polémico que la narración había estimulado. Algo grave sucede con muchas resoluciones en el cine últimamente, como es el caso de Secretos íntimos (Little Children, de Todd Field) o de Violación de domicilio (Breaking and entering, de Anthony Minguella), por citar solo dos títulos de estreno reciente. Desenlaces sorpresivos, conciliadores, reaccionarios, son hoy el cierre habitual para propuestas que en un principio se pretenden críticas de un estado de las cosas. Lo que llama la atención es hasta qué punto estas resoluciones fallidas a veces desbaratan por completo la calidad de una película. El pobre desenlace de Flag of our fathers, cuyo guión fue escrito en colaboración con Paul Haggis (director de “Crash”), no llega a cancelar las virtudes del film, pero sí deja un sabor contradictorio, además de generar muchas dudas. Es que el Imperio intimida, irremediablemente.

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